miércoles, 12 de marzo de 2008

David Campos : El lugar del juicio


Era el lugar del juicio,
una oficina impoluta, limpia como cuando tienes algo que esconder, como cuando quieres sugerir una impresión favorable, con la mira hacia un fin más oscuro, de aquellos que van por dentro y nunca salen a la luz pero que resienten y destruyen sin conocer nadie de donde viene dicha fuerza.
Presidía un representante del comité de la razón, vestido de uniforme y con dos medallas relucientes únicas, una en la que ponía credo y otra en la que ponía dogma. Estaba protegido por los celadores de la normalidad, cuyo trabajo era escribir mentiras sin cesar que sus mentes ideaban para hacer posters y colgarlos de la pared que el comité de la razón evaluaba y escogía para asegurar el buen funcionamiento de la máquina y el mantenimiento de la jerarquía. Y en última instancia había una masa de gente poliforme sentada en las sillas sin hacer nada más que aplaudir insistentemente y sin descanso.
Eran el todo, eran la verdad absoluta, y en este ambiente decorativo y paisajístico represivo, llego el loco, el insensato.
Entró en el ámbito de lo que él había entendido siempre como lucidez, y nada más llegar sus oídos se resintieron amargamente de los aplausos de la masa, desproporcionados, y de sus ojos empezaron a brotar lágrimas amargas y una fijación total hacia todo aquel arsenal de mentiras colgadas de las paredes.
El que presidía, en un ademán presumido, preguntó:
- ¿Eres como nosotros?
El alienado, suspirando, derrotado, exclamó:
- Sí, soy como vosotros, quiero ser como vosotros.
En ese momento, todos los celadores de la normalidad escribieron en sus posters: mentira, mentira, mentira, mientras la masa aplaudía y reía.
El loco gritó:
- ¡Por favor, clemencia!
Nadie se conmocionó, estaban haciendo su trabajo, estaban juzgando, con toda su conciencia analítica, de la medicina.
El de la razón emitío la sentencia:
- Serás internado y aprenderás a prescindir de tus sentidos, serás estigmatizado y ridiculizado, llevarás una vida miserable, como la mayoría de tus camaradas, y vendrás una vez al mes a vernos en este mismo lugar para agradecérnoslo.

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